Coincidiendo con el verano y la preocupación que desarrollamos acerca de nuestro cuerpo en estas fechas, me gustaría abordar someramente un problema que va camino de convertirse en una epidemia: los trastornos de la alimentación.
Clínicamente, los trastornos alimentación más frecuentes son los siguientes:
Anorexia nerviosa, el más conocido. Consiste en una incesante búsqueda de la delgadez que conlleva una pérdida progresiva de peso como consecuencia de una alimentación muy restringida. Como es evidente, esta restricción en los nutrientes produce efectos tanto físicos como psicológicos (pérdida de autoestima, deterioro del estado de ánimo, ansiedad, deterioro de la imagen corporal, etc).
Bulimia nerviosa. Al contrario que el anterior, supone la ingesta de grandes cantidades de comida. Para compensar estos atracones recuren a métodos como vómitos forzados o abuso de laxantes o diuréticos, ayunos y exceso de ejercicios o una combinación de estos comportamientos. Este trastorno conlleva importantes enfermedades digestivas así como trastornos psicológicos varios.
Trastorno por atracón, quizás el menos conocido pero también muy frecuente. Son episodios de atracones de comida, a diferencia de la bulimia, no van seguidos de conductas compensatorias. Debajo de este comportamiento siempre hay problemas sociales, de insatisfacción, ansiedad, etc.
Todos estos trastornos tienen muchas coincidencias en cuanto a sus causas, también en cuanto a la sintomatología asociada a los mismos. Aunque no existe una única causa sino una combinación de ellas, la insatisfacción corporal es un componente importante de estos trastornos. Esta insatisfacción viene de la idea que existe en nuestra sociedad que el sobrepeso no es atractivo y la salud equivale a estar delgado, generándose una sociedad enferma basada en el culto a un ideal de belleza al que es imposible aspirar. Pero aspiración que chicas de 12 y 13 años persiguen de manera recurrente y temeraria.
Esta presión de la sociedad por estar delgadas, asociando la delgadez con el éxito, puede resultar dramática en niñas y adolescentes que además presenten una cierta vulnerabilidad psicológica. Rasgos de personalidad como el perfeccionismo y la baja autoestima suponen un factor de riesgo que aumenta las posibilidades de sufrir alguno de estos trastornos.
Estos dos rasgos de personalidad pueden tener un componente genético que nos ayuden a predecir quien tienes más probabilidades de desarrollar la enfermedad. Por ejemplo, hoy sabemos que los niños o niñas que sufrirán algún trastorno de la alimentación ha tenido previamente problemas gastrointestinales o problemas con la comida. Hacía los 10 años ya se ha podido registrar problemas en su autoconcepto y autoestima. A la edad de 15 años el perfil puede ser el de un o una joven con rasgos de personalidad perfeccionista y controladores, con poca tolerancia a la frustración, extremadamente preocupada por la dieta, posiblemente con la ausencia de algún cuidador (padre/madre) y falta de apoyo social (aislamiento).
Por tanto, ¿cómo podemos prevenir este problema o ayudar precozmente a los jóvenes? Pues hay un par de cosas que podemos hacer:
Desde la familia, fomentar la autoestima y a la aceptación incondional del menor, ayudarle a gestionar sus emociones, marcarle metas alcanzables y, en caso de no conseguirlas, enseñarles a gestionar la frustración. En general, hacerles sentir que ellos por si solos son importantes al margen de lo que consigan o alcancen.
Desde la sociedad, especialmente desde los medios de comunicación, romper el ideal de belleza que impera, ideal de belleza que asocia la gordura al fracaso y la delgadez al éxito. Sin duda, el reconocimiento social de las personas se articula en base a su imagen más que a otras capacidades intectuales o culturales. Sin duda, es urgente una revisión de la programación dirigida a la población joven.
Hasta que familia, sociedad y profesionales que trabajan con menores no se pongan de acuerdo en la prevención, los trastornos de alimentación, tanto en hombres como mujeres y la edad en que se inician, seguirá aumentando. Los trastornos de alimentación incapacitan durante un largo periodo de tiempo, rompiendo la proyección personal y profesional de quienes los padecen, por tanto, generando mucho sufrimiento.
